Estudios en Seguridad y Defensa 19(37) 77-98
https://doi.org/10.25062/1900-8325.4845
Ejército Nacional de Colombia
CITACIÓN APA:
Vargas Losada, D. (2024). Acuerdos de cooperación de Venezuela con Rusia, Irán, China y España: desafíos y posibilidades para los intereses marítimos de Colombia. Estudios en Seguridad y Defensa, 19(37), 77-98. https://doi.org/10.25062/1900-8325.4845
Artículo de reflexión
Recibido: 5 de abril de 2024 Aceptado: 16 de junio de 2024
Contacto: David Vargas Losada david.vargaslo@buzonejercito.mil.co
Este artículo examina detalladamente los aspectos clave de los principales acuerdos de cooperación técnico-militar bilateral en materia naval de Venezuela con Rusia, China, España e Irán. A continuación, se realiza una descripción y análisis de los intereses marítimos de Colombia, con el fin de evaluar los desafíos geopolíticos que pueden surgir de dichos acuerdos de cooperación del país vecino. Finalmente, se proponen estrategias que Colombia podría implementar en su política exterior, basadas en su potencial geopolítico, con el objetivo de proteger sus intereses nacionales y promover la estabilidad regional. Estas estrategias incluyen el fortalecimiento de alianzas con otros países de la región, el desarrollo de capacidades militares y de seguridad, y la búsqueda de soluciones diplomáticas y multilaterales para abordar los desafíos geopolíticos en curso.
Palabras Clave: acuerdo bilateral; cooperación; geoestrategia; geopolítica; política exterior
This article examines in detail the key aspects of Venezuela’s main bilateral naval technical-military cooperation agreements with Russia, China, Spain and Iran. This is followed by a description and analysis of Colombia’s maritime interests, in order to assess the geopolitical challenges that may arise from such cooperation agreements of the neighboring country. Finally, it proposes strategies and policies that Colombia could implement, based on its geopolitical potential, to protect its national interests and promote regional stability. These strategies include strengthening alliances with other countries in the region, developing military and security capabilities, and seeking diplomatic and multilateral solutions to address ongoing geopolitical challenges.
Key words: bilateral agreements; cooperation; foreign policy; geopolitics; international politics;
En los escenarios geopolíticos, las alianzas estratégicas entre naciones han jugado un rol determinante en la configuración de la seguridad global y del sistema internacional. Un ejemplo claro de esta dinámica lo encontramos en la estrecha relación entre los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), una alianza político-militar liderada por EE.UU., y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) con los países que integraron el Pacto de Varsovia. Estos bloques ideológicos marcaron una pauta de bipolaridad en el sistema internacional en la búsqueda de la hegemonía global.
Con la caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania y la disolución de la Unión Soviética, la influencia rusa en América Latina disminuyó, aunque se mantuvieron relaciones moderadas conforme a los intereses políticos de la época subsiguiente. Sin embargo, a finales de los años noventa y principios de los 2000, la Federación Rusa buscó nuevamente reafirmar sus posiciones geopolíticas y fortalecer los lazos de cooperación con Latinoamérica (López & Zea, 2010, p. 57). Con la llegada de Hugo Rafael Chávez Frías a la presidencia de Venezuela, se lograron fortalecer las relaciones con la potencia euroasiática, como lo documenta Rodríguez (2019):
La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), año 2000 donde se da el primer encuentro bilateral entre Chávez y el presidente de Rusia Vladimir Vladimirovich Putin. Siendo este el inicio de una sólida relación de cooperación concretada fundamentalmente en los ejes militares, energéticos y geopolíticos. (p. 564)
Este artículo, basado en el análisis documental de diversas fuentes, pretende examinar a fondo los aspectos clave de los acuerdos de cooperación técnico-militar bilateral en materia naval entre la República Bolivariana de Venezuela y la Federación Rusa, la República Popular China, España y la República Islámica de Irán. Luego describe y analiza los intereses marítimos de la República de Colombia, para finalmente proponer estrategias que Colombia debería implementar en su política exterior, con base en sus potenciales geopolíticos, para proteger sus intereses nacionales y promover la estabilidad regional, contrarrestando las estrategias de los mencionados Estados.
El propósito de este estudio es responder a la problemática que representa una potencial amenaza a la seguridad y defensa nacional de Colombia, derivada del incremento armamentista en el ámbito naval de la República Bolivariana de Venezuela. Este incremento es resultado de la celebración de acuerdos de cooperación técnico-militar entre Venezuela y otros países. El alcance del estudio abarca la identificación y análisis de dichos acuerdos, así como su impacto en la geopolítica regional.
En el transcurso de la Guerra Fría, la URSS logró una influencia significativa en Latinoamérica a través de Cuba, gracias a una cercanía que desencadenaría en el año 1962 una crisis de seguridad nacional conocida como la crisis de los misiles en Cuba. Con respecto a este acontecimiento tan perturbador en relación con la amenaza nuclear, Escobar (2016) expresa que la actuación de la Unión Soviética representó el pico más alto de tensión durante la Guerra Fría, un momento donde el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear. El detonante fue la instalación secreta de misiles soviéticos en Cuba, capaces de atacar cualquier punto de Estados Unidos.
Por lo anterior, es preciso afirmar que la Unión Soviética ubicó armas nucleares en la proximidad de Estados Unidos, lo que representó una inaceptable amenaza para la seguridad nacional de este último. Este escenario provocó una crisis en la que ambas potencias se enfrentaron en una tensa batalla diplomática y militar, con el mundo entero observando con horror la posibilidad de un conflicto nuclear.
Al mismo tiempo, López y Zea (2010, p. 56), en su estudio sobre los tres pilares de Rusia en América Latina, establecen que Nicaragua “se convirtió en el segundo aliado en importancia de la URSS en Latinoamérica en los años ochenta, situación que duró hasta la derrota del Frente Sandinista en las urnas en 1990, un año antes del colapso de la URSS”. La influencia de la Unión Soviética se manifestó en el apoyo a varias guerrillas y movimientos insurgentes en América Latina, en un intento por expandir su influencia en la región y contrarrestar la presencia de Estados Unidos.
Entre los grupos más destacados se encontraba el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, que derrocó al régimen de Somoza en 1979 y mantuvo estrechos lazos con Moscú durante la década de 1980. En El Salvador, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) recibió apoyo logístico y militar de la URSS y otros países del bloque comunista en su lucha contra el gobierno respaldado por Estados Unidos. En Colombia, el Movimiento 19 de Abril (M-19) fue otro grupo insurgente que recibió cierto grado de apoyo de la Unión Soviética. Estas guerrillas y movimientos insurgentes se convirtieron en actores clave en la política latinoamericana durante la Guerra Fría, contribuyendo a la polarización ideológica y a los conflictos internos en la región.
Por otro lado, Rodríguez (2019) resalta que “la historia de las relaciones bilaterales entre Venezuela y Rusia se remonta al siglo XVIII y desde entonces siempre han estado transversalizadas de alguna manera por intereses geopolíticos para ambas naciones” (p. 1). Esta relación ha progresado a lo largo de los años, pasando por diferentes fases marcadas por cambios en el escenario internacional y en las agendas políticas de ambas naciones. En este contexto, es importante considerar cómo factores como la búsqueda de equilibrio de poder, la seguridad nacional y la proyección de influencia en regiones estratégicas han influido en la dinámica de la relación entre Venezuela y Rusia, dinámica que alerta a la región, dado que se presume que allí hay pretensiones hacia los intereses nacionales de los países de América y el Caribe.
El trabajo se desarrolló mediante un enfoque descriptivo-hermenéutico. La metodología empleada incluyó la revisión y el análisis documental de diversas fuentes, como libros, artículos científicos, manuales doctrinales, directivas y sitios web de análisis geopolítico, económico y militar. Para la recolección de fuentes documentales, se utilizó una estrategia digital basada en palabras clave como acuerdo bilateral, cooperación, geopolítica, geoestrategia, Rusia y Venezuela.
El método empleado se centró en un análisis cualitativo y descriptivo de la información recopilada, con un enfoque hermenéutico para interpretar y contextualizar los datos obtenidos. La revisión documental permitió una comprensión profunda de las dinámicas de cooperación técnico-militar y su influencia en la seguridad regional. Este enfoque metodológico proporciona una visión integral y detallada de los elementos que conforman la problemática.
Las relaciones entre Rusia y la OTAN son cada vez más frágiles, a raíz de que Rusia argumenta que sus intereses nacionales se ven comprometidos. Esto se debe a que, en las últimas décadas, países como Estonia, Letonia y Lituania, que en su momento formaron parte del Pacto de Varsovia, se han unido a la OTAN desde 2004, reduciendo significativamente el margen de seguridad de Moscú. Por consiguiente, aprovechando los espacios desatendidos por Estados Unidos en su periferia inmediata, que incluye Centroamérica y el Caribe, como establece Cardozo (2022), es evidente que una de las estrategias de la Federación Rusa ha sido recurrir a la diplomacia para constituir sólidas relaciones bilaterales con países de Occidente, como una forma de presión geopolítica hacia Estados Unidos, ya que su prioridad ha sido fortalecer su influencia en Europa del Este.
Ahora bien, en los últimos años, las relaciones entre Caracas y Moscú han experimentado un fortalecimiento significativo. Así lo ha manifestado la Embajada de la Federación de Rusia (s.f.), al afirmar que “la cooperación ruso-venezolana, que tiene un carácter estratégico, se basa en un sólido fundamento de coincidencia de posiciones en las cuestiones fundamentales del orden mundial policéntrico emergente, en el deseo mutuo de fortalecer vínculos comerciales, económicos y culturales”. Esto ha permitido la firma de acuerdos de cooperación que abarcan diversas áreas, entre ellas la militar, donde han sido favorecidos el Ejército Bolivariano y la Aviación Militar Bolivariana.
Adicionalmente, Romero, (2021) hace un recorrido histórico sobre la influencia rusa en América Latina y argumenta lo siguiente:
Para Moscú, el sector militar ha representado el ámbito más importante de sus exportaciones al mercado latinoamericano durante el siglo XXI, con ventas a Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, México, Nicaragua, Perú, Uruguay y Venezuela. Este último país representó el mayor comprador entre 2002 y 2012 adquiriendo el 88 % de este material bélico. (p. 246)
Según Cardozo (2023a), “la ONG Vendata ha contabilizado 28 acuerdos vinculados a la materia militar” entre Rusia y Venezuela. Sin embargo, la Armada Bolivariana no ha logrado beneficiarse de los acuerdos técnico-militares entre los dos países, ya que, si bien es cierto que las intenciones y planes del país suramericano han abarcado desde la modernización de la flota naval venezolana hasta la transferencia de tecnología y conocimientos especializados, los beneficios concretos no han sido definidos.
Por esta razón, uno de los intereses de Venezuela se ha enfocado en lograr la suscripción de acuerdos de cooperación técnico-militar naval con Rusia. A pesar de varios intentos respecto a la intención del país suramericano de materializar la compra de tecnología y equipo naval ruso, hasta el momento no se ha llegado a un acuerdo satisfactorio. Hernández (2022) indica que, en los últimos veinte años, uno de los proyectos de adquisición más representativos consistía en la construcción de cinco submarinos Proyect 639 clase Varshavyanka y cuatro submarinos Project 677E clase Amur 1650. Sin embargo, las negociaciones fueron posteriormente interrumpidas, y no se ha vuelto a obtener información al respecto.
El ejemplo anterior permite establecer que, a pesar de la existencia de acuerdos de cooperación técnico-militar entre Venezuela y Rusia, la Armada Bolivariana no se ha beneficiado de manera significativa. Cabe precisar que la principal razón de la negativa para concretar dichos intereses radica en la envergadura de los objetivos en el arsenal naval que pretende el país suramericano, en particular en lo que respecta a la adquisición de submarinos, y el posible impacto que esto podría tener en la seguridad regional en el mar Caribe.
Desde el punto de vista geopolítico, esta alianza ha generado preocupaciones en la Casa Blanca, que observa con atención los vínculos entre estos dos países y su posible impacto en la estabilidad y la seguridad regional. Es evidente que estas relaciones no solo están basadas en consideraciones políticas y estratégicas, sino que también están influenciadas por factores económicos, energéticos y diplomáticos, que han contribuido a fortalecer los lazos entre Caracas y Moscú a lo largo del tiempo.
Por lo tanto, es sensato aseverar que la geoestrategia implementada por los Estados Unidos en 2019, al imponer “sanciones económicas que ahuyentaron a las compañías inversionistas en hidrocarburos y obligaron a Venezuela a recurrir a China e Irán para refinar y colocar en el mercado su producción” (Merino, 2022), impactó de manera significativa los intereses nacionales de Venezuela en materia de defensa naval, dado que el país no cuenta con la infraestructura suficiente para procesar su petróleo. Estas sanciones generaron cambios sustanciales en la economía venezolana, obstruyendo considerablemente sus capacidades en el ámbito de la defensa nacional.
Cabe destacar que el principal interés geopolítico de Estados Unidos fue negarle a Rusia su influencia en América Latina y, en particular, en Venezuela. Al emitir este tipo de sanciones económicas —que en el caso de Venezuela ascendían a 651 sanciones en 2022 (Figura 1)— Estados Unidos limitó las posibilidades del país latinoamericano de adquirir armamento y equipo naval ruso, bajo el entendido de que la adquisición de capacidades como submarinos podría generar una alteración en la seguridad hemisférica en el orden regional. Además, es importante considerar que la suscripción de acuerdos de cooperación de este tipo generaría una dependencia casi permanente con el país proveedor, lo que exigiría mantener en el tiempo la diplomacia bilateral.
Figura 1. Los países más sancionados del mundo.
Fuente: Elaboración propia con datos de Roa (2022)
De esta circunstancia surge la urgente necesidad para Venezuela, en el contexto de su política exterior respice omnia (“mirar al universo”), de plantear un diseño más integrador hacia la inserción global. Como indica Esperanza (2019), la “inversión y el apoyo diplomático de China han ayudado a perpetuar en el poder regímenes que EE.UU. considera hostiles, como el de Maduro: además de ser uno de sus principales proveedores de armas, China ha apoyado diplomáticamente a Caracas”.
Dentro de este marco, uno de los motivos más reveladores para que Venezuela considerara entre sus opciones la búsqueda de acuerdos de cooperación económica con la República Popular China fue la necesidad de diversificar sus alianzas, incluyendo el campo del poder naval. Sin duda alguna, se han observado avances en la adquisición de arsenal naval. Según afirma Esteban (2015), “China ha suministrado a Venezuela para su Infantería de Marina una cantidad conocida de 40 vehículos de infantería VN-1 en 2012 y 10 en 2014, así como un número no identificado de carros anfibios (VN 16)”.
Para sustentar un poco más la evidente influencia del gigante asiático en América, Ding y Mano (2021) demuestran, en un informe para el Fondo Monetario Internacional (FMI), cómo en los últimos años han crecido de forma pronunciada las relaciones económicas entre América Latina y China, tanto que China se ha convertido en el principal socio económico de la región respecto a la exportación de productos manufacturados y las importaciones en ascenso de materias primas.
Al mismo tiempo, Venezuela busca diversificar sus relaciones exteriores tanto como sea posible con los países latinoamericanos, promoviendo una cooperación sur-sur. Un ejemplo de esto son los avances en cooperación económica con Perú, donde se está construyendo una megaobra portuaria “financiada principalmente por la naviera estatal china COSCO”. Este proyecto “forma parte de la llamada nueva ruta de la seda” (Vardar, 2023) y será la puerta de ingreso de Asia a América del Sur. En Argentina, China ha desarrollado la construcción de una base espacial, utilizando sus capacidades para el dominio del espacio ultraterrestre. En concordancia, Gioffreda (2019) informa lo siguiente:
En el año 2014 Argentina formalizó un acuerdo a través del cual permitía el acceso de China para la instalación y construcción de una estación espacial —la primera fuera de su territorio— en la Provincia de Neuquén. La base fue establecida sobre un predio de 200 hectáreas y exento de impuestos y cargas aduaneras por un período de cincuenta años (Ley 27123). (p. 191)
Es oportuno ahora examinar cómo el Reino de España es otro de los países a los que ha recurrido Venezuela para lograr la modernización de la Armada Bolivariana en materia de capacidades navales de superficie, como lo demuestra el contrato con la empresa Navantia, mediante el cual se acordó “el suministro de cuatro buques tipo Avante 2200, inicialmente clasificados como corbetas serie F-30. Las cuatro unidades fueron entregadas entre 2011 y 2013: Guaiquerí, Warao, Yecuana y Kariña” (Hernández, 2021).
Este punto cobra relevancia al observar que la firma del contrato con la empresa española coincidió con las sanciones impuestas por los Estados Unidos, que restringieron la venta y transferencia de armamento y tecnología militar, sanciones a las que se sumaron otros países. Como resultado, “los buques no pudieron ser dotados, como estaba proyectado, de misiles antibuque y antiaéreos, armamento y sistemas antisubmarinos y helicópteros NH90” (Hernández, 2017). Por esta razón, inicialmente se les denominó patrulleros de combate, y posteriormente patrulleros oceánicos.
La cooperación entre Caracas y Madrid, orientada a la modernización de la Armada Bolivariana, refleja la compleja dinámica geopolítica y las limitaciones impuestas por las sanciones internacionales. A pesar de los esfuerzos por mejorar las capacidades navales de superficie, las restricciones derivadas de las sanciones estadounidenses y de otros países han limitado significativamente la capacidad de equipamiento de estos buques. No obstante, la colaboración entre Venezuela y España en este proyecto representa un intento por fortalecer las capacidades de la Armada en un contexto de desafíos y tensiones geopolíticas.
Como cuarto actor en las relaciones bilaterales y logros en acuerdos técnico-militares en el ámbito naval de Venezuela, se encuentra la República Islámica de Irán. Este país ha optado por usar herramientas no coercitivas como parte de su política exterior, buscando ampliar su poder blando (soft power) en América Latina, y principalmente en Venezuela. A través de esta estrategia, Irán pretende promover sus tradiciones, valores y cultura, así como una narrativa que desafía la cultura occidental, la democracia como sistema de gobierno y el orden internacional establecido (Cardozo, 2023b).
Las relaciones diplomáticas entre Irán y Venezuela han experimentado una evolución significativa en los últimos años, caracterizada por un fortalecimiento de los lazos bilaterales en diversas esferas. Ambos países han consolidado una alianza estratégica basada en intereses comunes, visiones compartidas y desafíos similares, lo que ha llevado a un incremento en el comercio bilateral y a la expansión de la cooperación en sectores clave como energía, petróleo, tecnología, salud y defensa. Para el año 2018, “Venezuela e Irán han firmado más de 100 acuerdos de cooperación” (álvarez, 2018, pp. 169-170).
Los dos países, ambos miembros fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), han consolidado una alianza diplomática que data de antes de la Revolución Islámica de 1979, con Venezuela como uno de los primeros países en reconocer al nuevo gobierno iraní (Ellner, 2010). Desde entonces, Venezuela ha aprovechado el fortalecimiento de las relaciones con Irán para obtener acuerdos en materia de cooperación militar, permitiéndole la modernización de su poderío naval. Un ejemplo de esto es “la compra de misiles antibuque AGM-84, AGM-65G de fabricación americana” (Infobae, 9 de octubre de 2021).
La cooperación militar entre Venezuela e Irán ha generado preocupación y debate a nivel internacional. La adquisición de misiles antibuque de alta tecnología por parte de Venezuela, provenientes de fabricantes estadounidenses, ha sido objeto de escrutinio y críticas por parte de diversos actores políticos y analistas. Esta colaboración militar no solo implica una modernización de las capacidades defensivas de Venezuela, sino que también plantea interrogantes sobre las implicaciones geopolíticas y estratégicas en la región.
Tabla 1. Ventas de equipo militar de China, España e Irán a Venezuela (2005-2021)
Fuente: Elaboración propia con base en datos de Esteban (2015), Hernández (2017) e Infobae (2021)
Actualmente, Colombia posee fronteras marítimas con nueve países, y el 44,8 % de su territorio corresponde a los océanos (mar Caribe, 28,46 %, y océano Pacífico, 16,40 %), lo que representa un total de 928 660 km2 de superficie marítima. Además, el país cuenta con alrededor de 100 islas, 17 cayos, 42 bahías, 5 golfos, áreas coralinas, arrecifes coralinos y manglares, tres Reservas de Biosfera, 35 áreas Marinas Protegidas, una Zona Marina Especialmente Sensible y 9 Zonas Portuarias. A su vez, la Dirección General Marítima (DIMAR, 2024) plantea que todas las actividades marítimas y conexas representan un 5,6 % del producto interno bruto (PIB) del país.
Es importante mencionar que, gracias a la cultura naval militar, Colombia ha logrado instituir el término de interés marítimo nacional, el cual ha ido permeando poco a poco los estamentos civiles del Estado y el sector privado, consiguiendo que sean vistos estratégicamente como parte de los intereses nacionales o los elementos esenciales de la Nación. Por esta razón, en la Política Nacional del Océano y Espacios Costeros del 2017 (PENOEC), diseñada, estructurada y socializada por la Comisión Colombiana del Océano, se define el interés marítimo nacional como “las aspiraciones del Estado relacionadas con el conjunto de beneficios de carácter político, económico, social, ambiental y militar que puede ofrecer el aprovechamiento y uso del mar en todas las actividades relacionadas con el territorio marítimo nacional” (Comisión Colombiana del Océano, 2017, p. 65, como se citó en Rivera-Páez et al., 2018).
Ahora bien, Ramírez et al. (2021), respecto al interés marítimo, lo clasifica por áreas temáticas, que enumera de la siguiente manera:
Con base en lo planteado por Till (2007), se puede sustentar que el mar es un recurso fundamental para los intereses de un Estado:
El mar siempre ha sido un factor central en el desarrollo humano, como fuente de recursos y como medio de transporte, de intercambio de información y de ejercicio de poder. Ha brindado una base fundamental para la prosperidad y la seguridad de la Humanidad. (p. 6)
Para el caso de Colombia, el mar representa casi la mitad de su territorio y alberga una riqueza natural diversa. Sus extensos océanos proporcionan recursos pesqueros vitales, además de ser un reservorio de biodiversidad marina y una fuente potencial de energía renovable a través de la explotación responsable de sus recursos marinos. Esta vasta extensión marítima también ofrece oportunidades para la exploración y explotación de recursos minerales, contribuyendo así al desarrollo económico y a la seguridad energética del país.
Además de ser una fuente de recursos, el mar sirve como un importante medio de transporte e intercambio para Colombia, facilitando el comercio internacional y la conectividad con otras naciones. Sus aguas proporcionan rutas comerciales clave que impulsan el transporte marítimo de mercancías, fortaleciendo la economía nacional y fomentando la integración regional. A través de sus puertos estratégicos en el mar Caribe y el océano Pacífico, Colombia se conecta con el mundo, facilitando el intercambio de bienes y promoviendo el desarrollo económico.
Como se puede evidenciar en la Figura 2, que muestra los principales puertos a nivel regional por índice de tráfico de carga gestionada, se destacan en primer lugar los puertos colombianos de Cartagena, con un índice de 152,9, y Buenaventura, con un índice de 124,4, ubicándose en el puesto 20 del mundo bajo el mismo enfoque. Así, estos dos puertos colombianos se destacan como los más eficientes en la región (Rincón, 2022).
Por otra parte, el mar desempeña un papel decisivo como medio de información y difusión de ideas. Las comunicaciones marítimas, como los cables submarinos y las señales satelitales, son fundamentales para la conectividad global, permitiendo la transmisión rápida y eficiente de datos e información. Esto no solo facilita la coordinación de actividades comerciales y logísticas, sino que también promueve la difusión de conocimientos y la cooperación internacional en áreas como la ciencia, la tecnología y la seguridad marítima.
Figura 2. Principales puertos de Latinoamérica por tráfico de contenedores.
Fuente: Analdex (2022).
A su vez, el mar representa un medio de dominio que Colombia debe salvaguardar y proteger. A través de su fuerza naval y la gestión eficiente de sus recursos marítimos, el país ejerce su soberanía sobre sus aguas territoriales y garantiza la seguridad de sus fronteras marítimas. Esto implica la vigilancia activa de actividades ilegales, como la pesca no autorizada, el tráfico de drogas y la piratería, así como la protección del medio ambiente marino contra la contaminación y la degradación. En este sentido, el mar es un espacio estratégico que requiere una gestión integral y sostenible para garantizar su preservación y aprovechamiento adecuado en beneficio de las generaciones presentes y futuras.
Colombia enfrenta actualmente desafíos en materia de defensa debido a las tensiones diplomáticas con Venezuela, en concordancia con la crisis política, el cierre de fronteras y la presencia de grupos armados ilegales en sectores fronterizos. Además, los dos países aún tienen diferendos limítrofes pendientes por resolver, siendo uno de los más importantes los límites marítimos en el mar Caribe. Es posible afirmar que, donde no hay límites definidos, existen intereses nacionales en juego.
En este contexto, es relevante señalar que, tras el análisis de los acuerdos de cooperación técnico-militar suscritos por con Rusia, China, España e Irán, es evidente que Venezuela está adquiriendo equipos y armamento naval de manera secuencial, lo que le permite proyectarse a mediano plazo como una potencia regional en materia naval. Por lo tanto, la inexistencia de límites marítimos definidos entre Colombia y Venezuela podría desencadenar una escalada de tensiones y conflictos potenciales.
La ausencia de claridad sobre los límites territoriales en el mar crea un ambiente propicio para disputas y malentendidos, como se presentó con la cesión de los islotes de Los Monjes (Figura 3) a Venezuela, mediante nota diplomática de 1952 en la cual Colombia desistía de cualquier reclamación sobre su soberanía. A la fecha, el Consejo de Estado, mediante sentencia del 22 de octubre de 1992, “rechaza las excepciones de falta de competencia y cosa juzgada, declarando la nulidad de la Nota Diplomática GM-542 de 22 de noviembre de 1952 sobre la cesión de Los Monjes a Venezuela” (Gaviria, 2022). Todo esto parece confirmar que Colombia ha entendido la importancia estratégica de defender su soberanía acorde al derecho internacional, con el fin de preservar sus intereses nacionales que son propicios para la supervivencia del Estado, toda vez que representan áreas ricas en recursos naturales como la pesca, la exploración petrolera y el transporte marítimo.
Figura 3. área marítima pendiente de delimitación entre Colombia y Venezuela.
Fuente: Comisión Colombiana del Océano
Sin una delimitación clara, existe el riesgo de que ambas naciones busquen afirmar sus intereses de manera unilateral, especialmente en el contexto de la legislación marítima emanada de la Tercera Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Convemar) de 1982. Esta convención, orientada a la regulación normativa de la territo-rialización y aprovechamiento de los mares, establece en el numeral 3.° del artículo 121 sobre el Régimen de las Islas: “Las rocas no aptas para mantener habitación humana o vida económica propia no tendrán zona económica exclusiva ni plataforma continental” (Vega et al., 2018). Por el contrario, las formaciones naturales de tierra en el mar que cumplan con características como ser aptas para albergar la habitación humana y sustentar una vida económica propia, se proyectarían derechos marítimos más allá de las 12 millas náuticas, como sería el caso y la importancia de las islas de Los Monjes.
De esta manera, se ratifica que las evidentes pretensiones de Colombia y Venezuela podrían dar lugar a incidentes diplomáticos o incluso a confrontaciones bélicas directas, bajo la influencia de potencias extranjeras con intereses en la región. Además, la incertidumbre sobre los límites marítimos podría dificultar la cooperación en temas de seguridad y protección ambiental en las zonas costeras compartidas.
La geopolítica es el estudio de las relaciones entre el espacio geográfico, los recursos naturales y las acciones políticas. El término fue acuñado en 1916 por el politólogo y político sueco Rudolf Kjellén, para quien dicha disciplina era una de las cinco ramas que componen el Estado, y la definió como “la influencia de los factores geográficos, en la más amplia acepción de la palabra, en el desarrollo político en la vida de los pueblos y Estados” (Cuéllar, 2012, p. 62). Por su parte, Friedrich Ratzel define la geopolítica como:
La ciencia que establece que las características y condiciones geográficas y, muy especialmente, los grandes espacios, desempeñan un papel decisivo en la vida de los Estados, y que el individuo y la sociedad humana dependen del suelo en que viven, estando su destino determinado por las leyes de la geografía. Proporcionando al conductor político el sentido geográfico necesario para gobernar. (Rosales, 2005, p. 28)
Ahora bien, según Grautoff y Chavarro (2009):
La geopolítica parte del hecho de que esta es una ciencia que estudia cómo un país tiene la capacidad de influenciar y no dejarse influenciar de otros Estados. Su acervo se sustenta en el uso de la historia, geografía, política y estrategia, tiene como objetivo entregar a los formuladores de política pública herramientas que permitan establecer la forma de alcanzar los objetivos de interés nacional, planteados por el estadista según el sentir de la nación. (p. 22)
Por lo anterior, es acertado precisar que el potencial geopolítico amplía esta noción al destacar cómo la comprensión profunda de los factores geográficos y estratégicos puede permitir a un país aprovechar al máximo sus recursos y ubicación para alcanzar sus objetivos nacionales en el escenario global. Para Montero (2021, p. 40), el potencial geopolítico se expresa a través de la ecuación “PG = Tamaño + Posición (continental y marítima) + Forma + Clima + Recursos”. El potencial geopolítico de Colombia, según la teoría de Moncada (2021) (Tabla 2), radica en su ubicación estratégica en América del Sur, su diversidad geográfica y sus recursos naturales.
Tabla 2. Ponderación general del potencial geopolítico del Estado Colombiano
P: ponderación.
Fuente: Elaboración propia con base en Montero (2021)
Colombia posee costas en dos océanos (bioceánico), lo que le brinda acceso a importantes rutas comerciales marítimas. Además, su territorio incluye una variedad de climas y ecosistemas, desde selvas tropicales hasta montañas, lo que permite una producción variada en el sector primario y le otorga una riqueza natural significativa. El país también cuenta con importantes reservas de recursos naturales convencionales y estratégicos, que potencian su relevancia geopolítica en la región.
Este potencial se traduce en la capacidad de Colombia para establecer relaciones diplomáticas y comerciales con una amplia gama de países, así como en su capacidad para influir en la política regional y global. Sin embargo, el desafío radica en la voluntad del país para aprovechar plenamente este potencial mediante políticas efectivas que promuevan el desarrollo sostenible, la estabilidad política y la cooperación internacional.
El término diplomacia es definido por la Real Academia Española (RAE) como: “1.f. Rama de la política que se ocupa del estudio de las relaciones internacionales. 2.f. Conjunto de los procedimientos que regulan las relaciones entre los Estados. 3.f. Servicio de los Estados en sus relaciones internacionales” (RAE, 2023b). Por su parte, el Diccionario del español jurídico la define como el “conjunto de acciones mediante las que un Estado pone en práctica su política exterior” (RAE, 2023a). De ahí que Colombia contemple en su política exterior la promoción de las relaciones bilaterales con países que no han recibido suficiente atención hasta ahora, explorando nuevas estrategias para mejorar el acercamiento político y crear más oportunidades de comercio, inversión e intercambio tecnológico. Además, se seguirán fortaleciendo los lazos con los socios tradicionales y estratégicos del país (Cancillería, 2023).
Lo anterior nos permite afirmar que Colombia optará por aplicar el concepto de mirar a sus semejantes (respice similia), en busca de retomar un liderazgo regional, fortalecer la cooperación en seguridad y el comercio en el Caribe. Esto se ha materializado en la intención de restablecer las relaciones diplomáticas con Venezuela, donde ya se han obtenido resultados positivos, como lo refleja el hecho de que “los mandatarios transmitieron su intención de abrir total y definitivamente la frontera con el fin de incrementar el comercio” (Pastrana, 2022, p. 120).
Frente al realismo político y las complejidades del escenario actual, Colombia se enfrenta a desafíos significativos en sus relaciones diplomáticas con la República Bolivariana de Venezuela, que durante el gobierno de Chávez se caracterizaron por la práctica de ejercicios militares disuasivos en zonas de frontera. Por otra parte, el hoy diputado de la Asamblea Nacional de Venezuela Diosdado Cabello ha demostrado en diferentes ocasiones una narrativa provocadora, y junto al actual mandatario venezolano han llevado a cabo ejercicios militares en los que “las Fuerzas Armadas venezolanas participaron en los Juegos Militares Internacionales de Rusia 2019, junto con China y Rusia” (Diálogo Américas, 2021). Estos juegos han incluido intercambios navales de cooperación técnico-militar con la participación de Moscú (SWI, 7 de julio de 2024), Irán y Beijing (Deutsche Welle, 23 de septiembre de 2018).
Ante esta situación, es imprescindible la adopción de una política exterior basada en la diplomacia, la cooperación y la búsqueda de soluciones pacíficas, emergiendo como la opción más adecuada para abordar las tensiones y construir una relación bilateral más sólida y estable.
En segundo lugar, para Colombia la inversión en infraestructura portuaria interoceánica se convierte en una auténtica estrategia que permitiría la interconexión a nivel global, aprovechando las plataformas portuarias de Tumaco, Buenaventura, Bahía Málaga, Santa marta y Barranquilla; acompañado de estrategias de inversión para la reconexión vial de país incluida la infraestructura ferroviaria. Lo anterior le permitirá explotar totalmente sus fuentes de poder geopolítico como lo son: ubicación geográfica ser un país bioceánico, recursos naturales, recursos submarinos, clima con diversidad de pisos térmicos propicio para la producción agrícola.
Un buen desarrollo le permitirá a Colombia construir un poder económico sólido y competitivo, suficiente para incrementar su inversión en seguridad y defensa. Esto se traducirá en el desarrollo de capacidades estratégicas de disuasión y en la suscripción de acuerdos de cooperación militar para la adquisición de armamento y la transferencia de tecnología de última generación (como sistemas de defensa antiaérea, plataformas de guerra electrónica, sistemas de comunicación para la interoperabilidad conjunta, y el desarrollo de sistemas autónomos, entre otros). Estos avances contribuirán al desarrollo científico-tecnológico del país y a la salvaguarda de los intereses nacionales, así como a la protección de los objetivos estratégicos vitales para la supervivencia del Estado.
El tercer potencial geopolítico que Colombia debe saber gestionar estratégicamente es su riqueza hidrográfica. Colombia posee el
50 % de los páramos del mundo, glaciares como los de la Sierra Nevada de Santa Marta y bosques altoandinos en la cordillera de los Andes, que proveen de agua a cerca de 75 millones de personas. Son escenarios de vida que todos los colombianos debemos proteger. (Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, 2021)
La fortaleza de su hidrografía hace posible que Colombia se posicione como una potencia energética, alcanzando la generación de energía hidráulica suficiente para el sustento de su población y consolidando la comercialización de este servicio en la región suramericana y el Caribe. Todo ello debe alinearse con el cumplimiento de los objetivos de desarrollo sostenible.
Colombia debe retomar la ruta del multilateralismo orientado hacia el mundo (respice omnia), robusteciendo la cooperación en integración con la Comunidad del Caribe (Caricom), integrada por “Antigua y Barbuda, Bahamas, Barbados, Belice, Dominica, Granada, Guyana, Haití, Jamaica, Montserrat, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía, San Vicente y Las Granadinas, Surinam y Trinidad y Tobago” (Cancillería, s.f.), con la convicción de posicionar al país como un actor relevante en el Caribe. Así mismo, es trascendente mencionar la ratificación de las relaciones diplomáticas entre Colombia y la República Popular China el pasado 25 de octubre de 2023, donde se pactaron “compromisos bilaterales que fueron materializados en 12 acuerdos de cooperación que anunciaron ambos países contemplando alianzas en materia económica, de inversión, comercial, tecnológica, ambiental, científica, educativa y cultural” (Semana, 25 de octubre de 2023).
Sumado a lo anterior, y de igual relevancia, es prudente recordar la participación de Colombia en organizaciones como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de la cual es socio global. Esta relación con la OTAN no solo fortalece la posición geopolítica de Colombia, sino que también abre la puerta a oportunidades de cooperación en áreas de seguridad y defensa. A través de esta alianza, Colombia puede beneficiarse de intercambios de conocimiento, entrenamiento militar avanzado y acceso a tecnología de punta, lo que contribuye a la modernización de sus Fuerzas Armadas.
Además, la colaboración con la OTAN refuerza el compromiso de Colombia con la estabilidad y la paz internacionales, permitiéndole participar activamente en misiones de paz y en la lucha contra amenazas globales como el terrorismo y el narcotráfico. Este vínculo estratégico resalta la importancia de la inserción de Colombia en el ámbito internacional y su capacidad para contribuir significativamente a la seguridad y el desarrollo globales.
Así mismo, se debe mantener la adhesión a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), dado que esta membresía ofrece múltiples beneficios estratégicos para el país. Según Rueda-Fiorentino y Pereira (2019, p. 119), los principales intereses de Colombia en la OCDE son: 1) lograr un liderazgo regional, posicionándose como un referente en América Latina en términos de políticas públicas y desarrollo económico; 2) obtener una mayor oferta de cooperación y promover un entorno seguro en su vecindario, facilitando alianzas y colaboraciones que beneficien la estabilidad y el progreso regional; 3) reforzar las estrategias de desarrollo nacional, aprovechando las mejores prácticas y recomendaciones de la OCDE para implementar políticas efectivas en áreas clave como educación, salud y gobernanza; y 4) atraer inversión extranjera, creando un clima de confianza y transparencia que haga de Colombia un destino atractivo para inversionistas internacionales.
La continua participación en la OCDE permite a Colombia integrarse a un selecto grupo de países que comparten compromisos con el desarrollo sostenible, la innovación y la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos, al tiempo que fortalece su presencia y voz en el escenario global.
Finalmente, el país debe combinar en la práctica los principios doctrinales de respice polum, respice similia y respice omnia, orientando siempre sus acciones a favorecer los intereses nacionales. Algunos ejemplos de estos intereses son el desarrollo de infraestructura portuaria en la costa pacífica, el establecimiento de una red ferroviaria que impulse el desarrollo de las regiones ganaderas y agrícolas más apartadas del Estado, la evolución hacia una transición energética amigable con el medio ambiente a mediano plazo (energía fotovoltaica, eólica, hidráulica, etc.), y el sostenimiento de unas Fuerzas Militares robustas como factor de disuasión en el ámbito regional.
Venezuela, a través de su potencial económico basado en la explotación y comercialización de hidrocarburos, ha buscado cumplir con sus objetivos estratégicos de fortalecer sus Fuerzas Militares, en particular la Armada Bolivariana, mediante la celebración de acuerdos de cooperación técnico-militar bilateral en el ámbito naval con potencias internacionales como Rusia, China, España e Irán. Estas alianzas estratégicas han evolucionado a lo largo del tiempo y han impactado en la dinámica geopolítica de la región, especialmente en relación con Colombia.
Es evidente que esta estrategia forma parte de un esfuerzo más amplio, liderado por China, para reducir la dependencia de los socios tradicionales de Estados Unidos, impulsar el multilateralismo y contrarrestar su posición dominante, en este caso, en el Caribe y América del Sur. Venezuela ha buscado robustecer su capacidad naval mediante la adquisición de equipos, armamento y la transferencia de tecnologías de estas potencias, lo que podría tener implicaciones en la seguridad regional, especialmente en el mar Caribe, donde aún existen disputas limítrofes pendientes entre las dos naciones.
Desde el punto de vista geoestratégico, Colombia debe elaborar análisis prospectivos de los posibles escenarios que se puedan presentar a largo plazo. En un contexto global cada vez más competitivo, el atractivo medioambiental del país está llamando la atención de ciertas potencias, lo que podría desencadenar diversos escenarios que impacten su seguridad, defensa, economía y soberanía. Además, es crítico considerar cómo los cambios en el clima y la geografía pueden afectar la dinámica geopolítica regional y global. Un ejemplo es el caso de países de América, Europa y áfrica que están sufriendo un fuerte flagelo social debido al desabastecimiento de agua potable. Según cifras del 2020 presentadas por el Ecological Threat Register (como se citó en Chevalier, 2022), “cerca de 2600 millones de personas en todo el mundo viven en países expuestos a niveles altos y extremos de estrés hídrico. En 2040, esta cifra podría aumentar hasta los 5400 millones”.
Esto sugiere que el Estado colombiano debe prepararse para enfrentar posibles desafíos y aprovechar oportunidades emergentes. En este sentido, la planificación estratégica a largo plazo se convierte en una herramienta indispensable para garantizar la seguridad y el desarrollo sostenible de Colombia en un mundo en constante cambio. La respuesta de Colombia a estos desafíos es adoptar una estrategia basada en la diplomacia, la cooperación, el desarrollo de infraestructura portuaria interoceánica y la gestión medioambiental. Esta estrategia busca no solo fortalecer los lazos diplomáticos con otras naciones, sino también fomentar la cooperación regional y global en temas medioambientales y de seguridad.
La inversión en infraestructura portuaria interoceánica se destaca como un elemento clave para impulsar el comercio y la conectividad del país con mercados internacionales estratégicos. Además, esta infraestructura no solo dinamiza la economía nacional, sino que también refuerza la capacidad de Colombia para proteger y promover sus intereses nacionales en un escenario geopolítico cada vez más complejo y con tendencia multipolar.
En última instancia, esta estrategia busca posicionar a Colombia como un actor relevante y proactivo en el ámbito internacional, capaz de enfrentar los desafíos del siglo XXI con visión y determinación.
Finalmente, el fortalecimiento de las alianzas de Colombia a nivel regional y global es esencial para su desarrollo y posicionamiento en la comunidad internacional. La adopción de una política multilateralista, ejemplificada por la integración con la Comunidad del Caribe (Caricom), subraya el compromiso de Colombia por convertirse en un actor significativo en el Caribe y promover la cooperación regional. Asimismo, la reciente ratificación de las relaciones diplomáticas con la República Popular China y los acuerdos bilaterales alcanzados en diversas áreas destacan la importancia de diversificar y profundizar las relaciones internacionales del país.
La participación activa de Colombia en la OTAN como socio global refuerza su capacidad para contribuir a la seguridad internacional y beneficiarse de la cooperación en defensa y tecnología. Esta alianza estratégica no solo moderniza las Fuerzas Armadas colombianas, sino que también posiciona al país como un defensor de la paz y la estabilidad global.
El autor desea agradecer al Ejército Nacional de Colombia por su apoyo en la realización de este artículo.
El autor declara que no existe ningún potencial conflicto de interés relacionado con el artículo.
El autor no declara fuente de financiamiento para la realización de este artículo.
David Vargas Losada. Mayor del Ejército Nacional de Colombia. Profesional en Ciencias Militares de la Escuela Militar de Cadetes “General José María Córdova”, Colombia. Especialista en Administración de Recursos Militares para la Defensa Nacional, Centro de Educación Militar; y Especialista en Gerencia Logística, Escuela Logística del Ejército Nacional.
https://orcid.org/0009-0006-7767-6748 -
Contacto: david.vargaslo@buzonejercito.mil.co
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